21 septiembre 2026

Entre sorbos



En aquella cafetería el café no se preparaba.

Se invocaba.

Café negro.

Potente. Oscuro. Sin azúcar.

Había algo antiguo en la ceremonia. Algo aprendido de manos que ya no estaban, de mañanas remotas en las que el tiempo parecía medirse de otra manera.

El agua comenzaba a caer sobre el café recién molido.

Lentamente.

Una gota.

Otra.

Otra más.

El aroma ascendía primero, profundo y oscuro, extendiéndose por la mesa como un recuerdo.

Nadie hablaba.

El café descendía con paciencia, llenando la taza hasta dejar en ella un pequeño espejo negro.

Entonces, el primer sorbo.

Amargo.

Caliente.

Profundo.

Afuera, la calle seguía su ruido.

Adentro, una hebra de vapor se elevaba de la taza y desaparecía lentamente en la penumbra.

Elegí la mesa junto a la ventana, la misma que suelo ocupar cuando quiero estar sola sin que parezca que quiero estarlo.

Abracé con las manos mi café y me quedé mirando la calle.

En la mesa de enfrente había un hombre.

De cabello entrecano, camisa clara, las manos alrededor de una taza que parecía haber olvidado.

No hacía nada en particular.

Solo miraba.

Tenía una mirada íntima.

Bajé los ojos hacia mi café.

No quería que notara que lo estaba observando.

A mi lado, una muchacha hablaba por teléfono sobre un vestido que había comprado. Detrás de mí, dos hombres discutían de fútbol. Una licuadora comenzó a zumbar detrás de la barra y alguien dejó caer una cuchara.

La vida seguía haciendo sus pequeñas cosas.

Entonces escuché al hombre.

Susurraba, con ese encanto de voz

Una voz grave y profunda, de esas que no necesitan elevarse para hacerse escuchar. Tenía un leve rasgo de ronquera, una aspereza suave entre las palabras, como si cada una hubiese pasado antes por humo y silencio. Y había algo más, un ligero aireado en la voz, casi un susurro escondido dentro de la profundidad, que hacía que escucharla resultara peligrosamente agradable.

No sé si hablaba con alguien.

No había nadie sentado con él, quizás el móvil.

Levanté la mirada.

Él estaba mirando hacia mí.

Sonrió apenas.

Yo hice lo mismo.

Fue un instante.

Nada más.

Salí de la cafetería.

La calle seguía igual.

Los coches pasaban. Alguien hablaba por teléfono. Una mujer se protegía de la lluvia, encogiéndose sobre sí misma, como si pudiera hacerse pequeña bajo el agua.

Todo seguía siendo perfectamente cotidiano.

Seguí caminando bajo la lluvia.

Sin prisa por llegar a casa.


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