La primera vez que quise soltar mi alma para que fuera en pos de la suya tendría cerca de catorce años, a cambio, solo quería el amor de Ernesto, un hombre que rondaba los veintitantos.
Sin lugar a dudas era un ángel echado a la tierra para deleite mío y del mundo. Delgado, ojos de cielo, labios finos y alargados, su rostro de mandíbula cuadrada, como aquellos cowboys de antaño que salían en los anuncio de cigarros, melena rubia, abundante y pequeña y en su inmediatez al cráneo, se rizaba en pequeños caireles que por lo cortito no llegaban a formarse ... más perfecto.
Solía vestir vaqueros en azul o negro, camisas manga larga en colores discretos, el blanco su preferido. De todo esto, lo que me tenía maravillada era su aspecto de chico bueno, se percibía dulce, eso parecía cuando iba por su hermano al salir de clases. De su hermano no tengo memoria, solo recuerdo su constante insistencia en acompañarme en el recorrido hasta mi casa y la eterna pregunta, "¿quieres ser mi novia?".
En cierta ocasión nos cruzamos lejos de las aulas, parecía tan distinto, algo bohemio y esos ojos acurrucados de mirada horizontal, a estas alturas de mi vida es cuando reconozco que fue mi primer amor.
Años después volvimos a encontrarnos, la alegría la expresaba no solo con la mirada, ese recorrido constante de sus dedos por mi brazo hasta envolver mi mano. Charlamos por varias horas, éramos tan distintos, tan iguales, se anunciaba el preludio de una posible relación, pero llegó su hermano y al verme, volvió a revivir de su pecho la ilusión, eso nos trastocó, ninguno de los dos quería lastimarlo, nos quedó suspendido el beso tan esperado y sin posible regreso.
El "qué hubiera pasado si ... ", no tiene cabida, pero ¡ diantres !, cómo me arrepiento.
La última vez que supe de él fue por terceras personas, me contaron que había tenido problemas de drogas, que solo una vez fue suficiente y su vida terminó, un estremecimiento anidó en mi vientre, parecía un mal sueño que aquel ángel tan perfecto terminara en el averno.
