Salgo al balcón cuando la noche ha hecho suyo el silencio.
Las lluvias recientes han dejado la humedad aferrada a las calles; y un aroma fresco y terroso en el aire.
Miro el asfalto brillante y recuerdo esas fotografías e historias donde personas comunes recorren la ciudad sin prisa, como si caminar fuera un gesto tan cotidiano que apenas merece atención.
Entonces me pregunto: ¿disfrutarán realmente de sus paseos nocturnos? ¿sentirán el privilegio escondido en cada paso, en cada esquina, en cada respiración al aire libre?.
Intento recordar la última vez que caminé sin un destino urgente. La última vez que sentí las baldosas bajo mis pies, que la calle me pertenecía por un instante, que la libertad cabía en algo tan sencillo como avanzar.
No puedo.
Quizá todos somos ricos en aquello que damos por hecho y pobres en aquello que anhelamos.
Poseemos cosas distintas, pero pocas veces nos detenemos a valorar las que ya están en nuestras manos.
Esta noche, mientras observo la ciudad desde mi balcón, descubro que no deseo grandes hazañas. Solo quisiera volver a caminar, sin miedo, por sus calles.
