22 julio 2026

Manual de uso

 


Nací con un cuerpo. Lo demás me lo enseñaron. 

No recuerdo cuándo dejaron de preguntarme quién era para empezar a decirme quién debía ser. Solo sé que aprendí a pedir perdón antes de hablar, a sonreír cuando algo me dolía, a bajar la mirada para no incomodar; y hacer pequeños mis sueños para que los de otros ocuparan todo el espacio. 

Me enseñaron que una buena mujer cuida, cede y calla. Que amar era renunciar. Que pensar primero en mí era egoísmo. Con el tiempo dejé de discutir, era más fácil desaparecer un poco cada día. 

Entonces llegaban los elogios. "Qué buena mujer." "Qué discreta." "Qué afortunado quien se case contigo."

Yo sonreía sin entender que aquellas palabras también podían ser una jaula. 

Con los años ya nadie tuvo que decirme cómo debía vivir. La voz que me vigilaba se instaló dentro de mí, me reprendía cuando decía "no", cuando quería más, cuando imaginaba una vida distinta. La obedecí tanto tiempo que terminé confundiéndola con mi propia conciencia. 

Y sin darme cuenta, perdí a la niña que fui, la que reía sin pedir permiso, la que corría sin miedo, la que aún no sabía que el mundo esperaba de ella una versión más pequeña de sí misma. 

Un día me cansé. 

Avancé las páginas sin control; y llegué al final del libro esperando encontrar la última orden. 

Lo que vi fue una página en blanco, había caído la venda que cubría mis ojos. 

Lloré como quien descubre que ha vivido siguiendo un mapa dibujado por otras manos. 

Tomé una pluma. 

Escribir la primera palabra, cortita, pero con gran peso, fue el acto más difícil de toda mi existencia, porque significaba traicionar todas las obediencias que me habían enseñado. Pero también fue la primera vez que sentí que respiraba de verdad. 

Hoy sigo aprendiendo a ser mujer. 

No la que otros imaginaron para mí. 

La que, por fin, se atreve a existir.







Citas en el rincón de, Campirela

16 julio 2026

Surrealismo capitalino



Fue uno de tantos veranos en la Ciudad de México.

Habíamos pasado el día recorriendo algunos de sus rincones maravillosos y regresábamos al hotel. Mi entonces marido conducía con el gesto endurecido, tenso por ese caos fascinante que solo esa ciudad sabe convertir en rutina.

Antes habíamos hecho una pausa para cenar. La noche era distinta a las del norte: el cielo seguía cubierto, el pavimento conservaba el brillo de la lluvia y un aire fresco se colaba por la ventanilla. Incapaz de resistirme, la bajé un poco. En el norte eso habría sido impensable, el clima es sofocante.

Nos detuvimos en un semáforo. A nuestro alrededor, una marea interminable de automóviles parecía haber detenido el tiempo.

Entonces apareció él.

Un hombre en bicicleta cruzó la mirada conmigo, sonrió con la seguridad de quien no tiene nada que perder y se acercó apenas unos centímetros.

— Vámonos, mi reina... vente conmigo

No pude evitar sorprenderme. En el norte, una escena así sería casi inimaginable.

— ¿Qué dijo? -preguntó mi marido, sin apartar la vista del frente-

Guardé silencio.

— ¿Qué te dijo? ¿Te está molestando?

Negué apenas con la cabeza.

Pero el ciclista insistía.

— Ándale... vente conmigo, ¿sí?

Mi marido ya forcejeaba con el cinturón de seguridad, dispuesto a bajarse. Yo solo deseaba que el semáforo cambiara.

Y cambió.

El hombre sonrió una última vez, nosotros avanzamos y la pregunta volvió a llenar el automóvil.

— Ahora sí, dime... ¿qué fue lo que te dijo?

Respiré hondo.

— Nada... no dijo nada

Durante años, la versión oficial de aquella historia fue siempre la misma:

— Una vez me la quisieron robar en un semáforo de la Ciudad de México.

Nunca la confirmé. Tampoco la desmentí.

Porque, siendo sincera, durante unos cuantos segundos un perfecto desconocido me desconcertó... y me hizo sonreír. 

Y aquello, tan inesperado como inocente, resultó deliciosamente halagador. También, por qué no admitirlo, muy divertido.






P. D. La Ciudad de México sigue siendo, para mí, el lugar más surrealista que conozco



08 julio 2026

Crónicas de lo cotidiano


Me dio la indicación y tuve que orillarme.

— Madre, ¿a qué viene la velocidad?

— No era tanta, ¿no?

— La suficiente para que mi radar se disparara

— Quizá su radar está desajustado, ¿pudiera ser?

— Podríamos intentarlo, pero tiene que convencerme. Y ¿por qué está manejando desnuda?

— Bueno, desnuda como tal... pues no, o no tanto -lo decía mientras intentaba bajar un poco más el largo de la blusa-

— Semidesnuda, ¿así mejor? ¿Qué ha pasado? Solo la verdad, de lo que me diga depende si mi radar funciona o no

— Recién salgo de... —intenté señalar con el índice, pero él me interrumpió

— Sí, la vi saliendo del hospital, ya venía como alma que lleva el diablo. ¿Su salud está bien?

— Sí, hubo buenas noticias

— A dios gracias. ¿Y por qué la premura?, ¿por qué manejar sin ropa?

— Casi... —señalé

— Casi sin ropa —corrigió

— Le explico: estuve horas en espera. Hubo inconvenientes con el médico, una cirugía de urgencia o algo así; y me tardaron una eternidad

— ¿Pero todo está bien?

— Sí, mejor

Se quedó mirándome largamente. Se veía que intentaba encontrar la mejor manera de hacerme la pregunta. Interrumpí sus pensamientos.

— Es incómodo explicarlo

— No tiene que ahondar en detalles; solo lo mínimo para que yo entienda. No parece una mujer de oficio y quiero ayudarla

— Estuve atorada toda la mañana en el hospital, antes de retirarme tenía que lavarme las manos. Fui al baño, me acerqué al lavabo y me distraje respondiendo un mensaje. No me di cuenta que escurría agua hasta que ya era demasiado tarde. El palazzo absorbió el agua; y la humedad del piso fue subiendo; y la del lavabo bajando, a cada paso iba dejando charquitos de agua; y el resto es historia

— Ándele, vaya; y no se detenga hasta llegar a su casa. Hay mucho trastornado suelto

Sonreí. Había ternura en su mirada.

— Agradézcale a su madre. Ha criado a un buen hijo

— ¡Cuídese, madre! —dijo, haciendo una reverencia 

Aspiré profundo...

Le di las gracias y seguí mi camino, con la dignidad intacta gracias a que un desconocido decidió ser amable antes que desconfiado.





C. P. En el norte de México, llamar "madre" a una mujer desconocida es una forma coloquial y respetuosa de dirigirse a ella. El término refleja el reconocimiento cultural hacia la figura materna o matriarca y suele emplearse como equivalente de "señora".