Me senté frente a la ventana con la intención de escribir, pero fui yo quien terminó siendo escrita.
Las montañas guardaban silencio.
El cuaderno también.
Entonces comprendí que no extrañaba tu presencia, extrañaba la versión de mí que existía cuando estabas cerca.
Esa mujer que encontraba refugio en una mirada, que no temía mostrarse vulnerable; y que creía que algunas almas llegan para quedarse.
Observé los hilos rojos olvidados junto a la ventana; y detrás de ellos el valle; y pensé que el amor no siempre permanece en la vida de uno, pero sí en la forma en que nos transforma.
Me quedé observando el horizonte hasta que la tarde comenzó a desvanecerse; y allí, entre la inmensidad de las montañas y la quietud de la oscuridad te sentí lejano; y a la vez, profundamente dentro de mí.
Entonces escribí tu nombre.
Despacio.
Cómo quien acaricia un recuerdo sagrado.
Las montañas seguían allí, el valle también.
Y tú...
Lejano como una estrella cuya luz todavía ilumina la noche.
Esta semana nos conduce, Artesanos de la palabra, con una historia basada en tres imágenes.