Fuiste tú quien regresó esa noche, lo sentí en la forma en la que el viento empujó las cortinas y dejó fluir un halo de luz sobre los mullidos muebles.
La casa entera parecía recordar algo que, por mucho tiempo intenté olvidar. Caminé descalza por los pasillos, como quien atraviesa un pasado que aún conserva el olor de otro cuerpo.
Entonces entendí que la ausencia también sabe habitar lugares. Se sienta en las sillas vacías, respira detrás de la nuca y pronuncia tu nombre con una voz tan suave que duele.
Me acerqué a la ventana, afuera, la noche caía lentamente sobre los árboles, adentro, mi memoria seguía intacta; y entre ambas, suspendido como una bombilla solitaria, permanecía tu recuerdo... un recuerdo imposible de tocar, imposible de apagar.
No te llamé, o quizás lo hice inconscientemente. Dejé que la oscuridad terminara de llenar la habitación y me quedé allí, inmóvil.
Entonces comprendí que el amor no desaparece, fluye, cambia de forma y se convierte en silencio, en nostalgia, en una luz tenue que permanece encendida includo cuando la última puerta ya se ha cerrado.
Relato perteneciente a la propuesta de Ginebra, en su blog, Serendipia ༄Variétés
