03 agosto 2026

Hay canciones que invitan al recuerdo



Esta noche, la nostalgia se coló por estas cuatro paredes.

No sé si fue YouTube, o simplemente era el momento.

Sonó una canción... de pronto, allí estaba ella.

Mi madre.

Un domingo cualquiera. El viejo tocadiscos. Los acetatos girando mientras la casa despertaba con la música.

Ella cantando, bailando entre el polvo y los muebles. Nosotras siguiéndola, sin saber que algún día esa escena se convertiría en el lugar donde el alma buscaría refugio.

¿Cómo pude olvidarlo?

Tal vez nunca lo hice.

Tal vez algunos recuerdos no se marchan; solo esperan a que el corazón deje de vivir a la defensiva para volver a tocar la puerta.

Y esta noche la abrió.

Entonces comprendí que sanar no siempre consiste en olvidar lo que duele.

A veces, sanar también es recordar aquello que, incluso en los días más difíciles, fue amor, fue hogar... y nos sostuvo para seguir viviendo.






26 julio 2026

Las pequeñas cosas



Salgo al balcón cuando la noche ha hecho suyo el silencio. 

Las lluvias recientes han dejado la humedad aferrada a las calles; y un aroma fresco y terroso en el aire.

Miro el asfalto brillante y recuerdo esas fotografías e historias donde personas comunes recorren la ciudad sin prisa, como si caminar fuera un gesto tan cotidiano que apenas merece atención. 

Entonces me pregunto: ¿disfrutarán realmente de sus paseos nocturnos? ¿sentirán el privilegio escondido en cada paso, en cada esquina, en cada respiración al aire libre?.

Intento recordar la última vez que caminé sin un destino urgente. La última vez que sentí las baldosas bajo mis pies, que la calle me pertenecía por un instante, que la libertad cabía en algo tan sencillo como avanzar. 

No puedo. 

Quizá todos somos ricos en aquello que damos por hecho y pobres en aquello que anhelamos. 

Poseemos cosas distintas, pero pocas veces nos detenemos a valorar las que ya están en nuestras manos. 

Esta noche, mientras observo la ciudad desde mi balcón, descubro que no deseo grandes hazañas. Solo quisiera volver a caminar, sin miedo, por sus calles.

22 julio 2026

Manual de uso

 


Nací con un cuerpo. Lo demás me lo enseñaron. 

No recuerdo cuándo dejaron de preguntarme quién era para empezar a decirme quién debía ser. Solo sé que aprendí a pedir perdón antes de hablar, a sonreír cuando algo me dolía, a bajar la mirada para no incomodar; y hacer pequeños mis sueños para que los de otros ocuparan todo el espacio. 

Me enseñaron que una buena mujer cuida, cede y calla. Que amar era renunciar. Que pensar primero en mí era egoísmo. Con el tiempo dejé de discutir, era más fácil desaparecer un poco cada día. 

Entonces llegaban los elogios. "Qué buena mujer." "Qué discreta." "Qué afortunado quien se case contigo."

Yo sonreía sin entender que aquellas palabras también podían ser una jaula. 

Con los años ya nadie tuvo que decirme cómo debía vivir. La voz que me vigilaba se instaló dentro de mí, me reprendía cuando decía "no", cuando quería más, cuando imaginaba una vida distinta. La obedecí tanto tiempo que terminé confundiéndola con mi propia conciencia. 

Y sin darme cuenta, perdí a la niña que fui, la que reía sin pedir permiso, la que corría sin miedo, la que aún no sabía que el mundo esperaba de ella una versión más pequeña de sí misma. 

Un día me cansé. 

Avancé las páginas sin control; y llegué al final del libro esperando encontrar la última orden. 

Lo que vi fue una página en blanco, había caído la venda que cubría mis ojos. 

Lloré como quien descubre que ha vivido siguiendo un mapa dibujado por otras manos. 

Tomé una pluma. 

Escribir la primera palabra, cortita, pero con gran peso, fue el acto más difícil de toda mi existencia, porque significaba traicionar todas las obediencias que me habían enseñado. Pero también fue la primera vez que sentí que respiraba de verdad. 

Hoy sigo aprendiendo a ser mujer. 

No la que otros imaginaron para mí. 

La que, por fin, se atreve a existir.







Citas en el rincón de, Campirela