28 junio 2026

El lugar de tu ausencia

Robert McGinnis

Fuiste tú quien regresó esa noche, lo sentí en la forma en la que el viento empujó las cortinas y dejó fluir un halo de luz sobre los mullidos muebles. 

La casa entera parecía recordar algo que, por mucho tiempo intenté olvidar. Caminé descalza por los pasillos, como quien atraviesa un pasado que aún conserva el olor de otro cuerpo. 

Entonces entendí que la ausencia también sabe habitar lugares. Se sienta en las sillas vacías, respira detrás de la nuca y pronuncia tu nombre con una voz tan suave que duele. 

Me acerqué a la ventana, afuera, la noche caía lentamente sobre los árboles, adentro, mi memoria seguía intacta; y entre ambas, suspendido como una bombilla solitaria, permanecía tu recuerdo... un recuerdo imposible de tocar, imposible de apagar. 

No te llamé, o quizás lo hice inconscientemente. Dejé que la oscuridad terminara de llenar la habitación y me quedé allí, inmóvil.

Entonces comprendí que el amor no desaparece, fluye, cambia de forma y se convierte en silencio, en nostalgia, en una luz tenue que permanece encendida includo cuando la última puerta ya se ha cerrado.











Relato perteneciente a la propuesta de Ginebra, en su blog, Serendipia ༄Variétés

24 junio 2026

El desierto nunca tuvo prisa



Aprendí de él mientras veía la tarde deshacerse sobre la arena y a los matorrales resistir al viento. 

Todo parecía inmóvil, pero nada lo estaba. La arena viajaba en silencio, el calor abandonaba lentamente las piedras y el horizonte cambiaba de color como quien cambia de pensamiento. 

Yo también estaba cambiando. Después de la tormenta que me atravesó, dejé de luchar contra el tiempo. 

Me senté a contemplar la distancia y comprendí que sanar se parece a este paisaje, ocurre despacio, casi sin notarlo. 

Entonces el viento acarició mi rostro y seguí su camino. Sin resistencia. Sin miedo. Como una pequeña nube de arena que, por fin encontró su manera de fluir.




21 junio 2026

Karma



Pasadas las nueve, decidimos ir al Tim Hortons cerca de casa. Como ya era noche, pedí té. 

A punto de cerrar, salimos al jardín: un área exterior protegida por malla y una sólida reja. Un pequeño refugio donde uno supone que está a salvo de cualquier imprevisto. 

Y entonces apareció el gato negro de siempre. 

Un cazador empedernido que merodea el jardín intentando atrapar a los pajaritos que bajan a comer. 

A veces lo alimento con trocitos de atún; y me pregunto si cree que lo hago porque está convencido de que somos amigos; yo solo quiero que deje a los pajaritos tranquilos. 

En la mesa de al lado había una mujer de cabello largo y afro, acompañada de su pareja. 

De pronto, el gato abrió la boca y dejó caer un enorme saltamontes. 

El insecto aterrizó cerca de mí. Un grito aterrador brotó de lo profundo de mis entrañas. 

La mujer del afro me lanzó una mirada cargada de juicio y murmuró algo a su acompañante. 

Podía sentir su desaprobación atravesándome el pecho como una lanza. 

Mientras tanto, el gato volvió a capturar al enorme insecto, lo soltó, lo atrapó otra vez y repitió el juego varias veces más. 

La mujer seguía observándome como si estuviera protagonizando un escándalo innecesario; y yo seguía alterada. 

Hasta que el destino decidió intervenir. 

En una de sus maniobras, el gato soltó al saltamontes justo al lado de la mujer. 

Por alguna misteriosa alineación cósmica, el insecto dio un salto magistral y desapareció entre la espesura de su cabello afro. 

— ¡Sáquenmelo! ¡Sáquenmelo! -gritaba con una desesperación que hacía pensar que no volvería a ver el amanecer-. 

Toda aquella malla. Toda aquella reja. Toda aquella sensación de seguridad se volvió inútil ante un solo saltamontes. 

Lo confieso... 

Sentí una satisfacción inmensa. 

Pequeña. 
Mezquina. 
Deliciosa.









Detrás de la reja, pequeñas historias con Artesanos de la palabra.