21 junio 2026

Karma



Pasadas las nueve, decidimos ir al Tim Hortons cerca de casa. Como ya era noche, pedí té. 

A punto de cerrar, salimos al jardín: un área exterior protegida por malla y una sólida reja. Un pequeño refugio donde uno supone que está a salvo de cualquier imprevisto. 

Y entonces apareció el gato negro de siempre. 

Un cazador empedernido que merodea el jardín intentando atrapar a los pajaritos que bajan a comer. 

A veces lo alimento con trocitos de atún; y me pregunto si cree que lo hago porque está convencido de que somos amigos; yo solo quiero que deje a los pajaritos tranquilos. 

En la mesa de al lado había una mujer de cabello largo y afro, acompañada de su pareja. 

De pronto, el gato abrió la boca y dejó caer un enorme saltamontes. 

El insecto aterrizó cerca de mí. Un grito aterrador brotó de lo profundo de mis entrañas. 

La mujer del afro me lanzó una mirada cargada de juicio y murmuró algo a su acompañante. 

Podía sentir su desaprobación atravesándome el pecho como una lanza. 

Mientras tanto, el gato volvió a capturar al enorme insecto, lo soltó, lo atrapó otra vez y repitió el juego varias veces más. 

La mujer seguía observándome como si estuviera protagonizando un escándalo innecesario; y yo seguía alterada. 

Hasta que el destino decidió intervenir. 

En una de sus maniobras, el gato soltó al saltamontes justo al lado de la mujer. 

Por alguna misteriosa alineación cósmica, el insecto dio un salto magistral y desapareció entre la espesura de su cabello afro. 

— ¡Sáquenmelo! ¡Sáquenmelo! -gritaba con una desesperación que hacía pensar que no volvería a ver el amanecer-. 

Toda aquella malla. Toda aquella reja. Toda aquella sensación de seguridad se volvió inútil ante un solo saltamontes. 

Lo confieso... 

Sentí una satisfacción inmensa. 

Pequeña. 
Mezquina. 
Deliciosa.









Detrás de la reja, pequeñas historias con Artesanos de la palabra.

16 junio 2026

Corazón de sombra





Aquella noche descendí al reino de los sueños no como señor, lo hice como huésped. 

La encontré caminando por una playa que parecía inventarse a cada paso, donde el mar reflejaba constelaciones que no existían en ningún cielo. 

La arena era cálida; y el horizonte permanecía suspendido entre el amanecer y el crepúsculo. 

No preguntó quién era. 

Quizá en los sueños las almas reconocen verdades que la vigilia olvida. 

Caminamos juntos durante lo que pudo haber sido una hora o un siglo, no lo tengo claro, o es quizás que no quise indagarlo. 

Hablamos de la lluvia sobre la tierra estéril, de canciones recordadas a medias y de nombres que sobreviven al tiempo. 

Y por primera vez comprendí el milagro de compartir el silencio, esos espacios sin voz, pero sí con presencia. 

Nos sentamos junto al agua. Las olas llegaban y se retiraban como una respiración profunda. 

— ¿Esto es un sueño?, -preguntó- 

Miré las estrellas bajo la superficie del mar. 

— ¡Sí!

— Entonces despertaremos. 

La certeza de aquellas palabras atravesó la noche; y a mí. 

Antes habría considerado insignificante esa pérdida, pero ahora conocía el valor de las cosas que terminan. 

— Sí -respondí-, despertaremos

Ella sonrió y apoyó su cabeza sobre mi hombro, permanecimos así mientras el cielo cambiaba lentamente de color, ninguno intentó detener el tiempo. 

Cuando llegó la despedida, la playa se volvió niebla y el mar un murmullo distante. 

Ella se levantó.

Yo después de ella. 

— Tal vez vuelva a soñar contigo, -dijo-

Quise decirle que conocía todos los caminos de la noche, que podría encontrarla entre millones de almas, pero descubrí que ya no deseaba certezas. 

— Tal vez -dije-

Entonces desapareció 

Y desperté. 

Regresé a las fronteras donde los sueños terminan y las memorias comienzan.

Continué recorriendo los sueños de los mortales, escuchando sus anhelos, sus pérdidas y sus esperanzas. 

Algunas noches, me detenía. 

Y buscaba. 

No sabía si volvería a encontrarla. 

No sabía si ella recordaría nuestra playa. 

Y por primera vez desde el nacimiento del tiempo, descubrí que podía vivir sin saberlo.






Esta semana la dirección corre a cargo de Sylvia, con el tema: Inspirándonos 

10 junio 2026

Todavía en mí



Me senté frente a la ventana con la intención de escribir, pero fui yo quien terminó siendo escrita. 

Las montañas guardaban silencio. 

El cuaderno también. 

Entonces comprendí que no extrañaba tu presencia, extrañaba la versión de mí que existía cuando estabas cerca. 

Esa mujer que encontraba refugio en una mirada, que no temía mostrarse vulnerable; y que creía que algunas almas llegan para quedarse. 

Observé los hilos rojos olvidados junto a la ventana; y detrás de ellos el valle; y pensé que el amor no siempre permanece en la vida de uno, pero sí en la forma en que nos transforma. 

Me quedé observando el horizonte hasta que la tarde comenzó a desvanecerse; y allí, entre la inmensidad de las montañas y la quietud de la oscuridad te sentí lejano; y a la vez, profundamente dentro de mí.

Entonces escribí tu nombre.

Despacio.

Cómo quien acaricia un recuerdo sagrado.

Las montañas seguían allí, el valle también.

Y tú...

Lejano como una estrella cuya luz todavía ilumina la noche.





Esta semana nos conduce, Artesanos de la palabra, con una historia basada en tres imágenes.