05 septiembre 2026

Cosas de mi ex



— Gracias por venir
— ¿Qué necesitas?
— Quería verte, mi güerita

Mi cuerpo se fue hacia atrás antes de que pudiera evitarlo. Qué extraño que una palabra que alguna vez me hizo sentir querida; y a la vez, temerosa, pudiera provocarme ahora esa necesidad de poner distancia.

— ¿Pasa algo?
— Estoy cansado. Muy cansado de vivir
— Necesitas vacaciones

Me miró.

— ¿Con quién?
— Solo. Con amigos, con tu hermano, con alguna de tus mujeres... con quien quieras

Pero no sonrió. Su rostro cambió y entonces supe que el ambiente se pondría aún más tenso.

— ¿Me odias?
— No, no te odio. Pero ¿a qué viene eso?
— Quiero saber. Dime la verdad

Hablar con él, involuntariamente, me lleva al pasado, a esa necedad suya de saber todo, de cuestionar todo, de no creer nada; y aun así, insistir en saberlo todo.

El saber te da poder, decía.

Y sí, era su forma de manipularme, de hacerme sentir mal, de tener que disculparme, no por lo que yo hubiese hecho, sino por sus dudas infundadas, por su malestar que, según él; yo provocaba, por esa necesidad tan suya de anularme, de desaparecerme. Y casi lo consigue.

Hice el intento por levantarme y salir, alejarme de ese hombre que, aun después de tanto, sigue causándome desasosiego.

Me sujetó de la muñeca y me lanzó la pregunta así, al desnudo.

— ¿Tú me inyectas?

Sentí un rechazo inmediato. No solo por lo que acababa de decir, también por la cercanía. Por tenerlo otra vez frente a mí, intentando entrar en un lugar de mi vida que ya no le correspondía.

— ¿Qué?
— Quiero que tú lo hagas

No supe qué pensar.

— Ve al hospital, como has hecho siempre.
— No confío.
— Pues busca a alguien en quien sí confíes.
— Confío en ti.
— No te creo
— Prométemelo. Promete que no te vas a echar para atrás cuando llegue el momento.

Lo miré.

— ¿De qué estás hablando? ¿Qué esperas de mí?
— Me están consiguiendo algo para que me inyectes. Quiero que seas tú

Y entonces agregó:

— Además, hay dinero. Inversiones. Propiedades

Lo observé unos segundos. No sé qué esperaba encontrar en mi cara.

— No, gracias. No todas las personas se mueven por interés

Se quedó callado.

Yo también.

— Ya no quiero vivir. Estoy cansado.
— ¿Inyectarte qué?, ¿hierro?, ¿vitaminas?

Me miró.

Y entendí.

Y ahí, por un instante, todo lo demás dejó de importar.

Cuando pienso que de él ya nada puede sorprenderme, viene y me demuestra que sí, que aún puede; y que me sigue creyendo tan ingenua como para no darme cuenta del trasfondo.

Quería que fuera yo. Que lo ayudara a irse tranquilo, dejándome a mí con la culpa de haberlo hecho.

Porque podía desconfiar de sus intenciones. Podía recordar cada una de las veces que me había hecho daño. Podía incluso pensar que aquello era otra manera de manipularme.

Pero si de verdad quería morir, tampoco podía levantarme y pasarle por encima.

— No voy a ayudarte a morir -le dije-, pero tampoco voy a ignorarlo
— No quiero que llames a nadie
— Yo sí

Sacó una expresión que conocía demasiado bien.

— No.

No respondí, tomé mi teléfono.

No sabía si estaba ante un hombre que realmente quería morir o ante alguien que había encontrado otra manera de ponerme a prueba. Pero ya no me correspondía averiguarlo sola.

Llamé a su hermano y le conté lo que acababa de decirme.

Me sujetó de la muñeca, ahora con más fuerza.

— ¿Desde cuándo tienes el número de mi hermano?, ¿te ves con él?, ¿me estuviste engañando todo el tiempo?, ¡responde! Tú tienes la culpa de que me porte así contigo

Golpeó la mesa con la mano. Su expresión era una que conocía demasiado bien, solo que ahora la veía desde la distancia.

Me quedé allí hasta saber que no estaría solo.

Después me fui.

No me llevé sus promesas, ni su dinero, ni sus propiedades.

Tampoco me llevé su muerte.

Por primera vez, dejé algo que era suyo exactamente donde debía estar: en sus propias manos.


29 agosto 2026

La letra pequeña




Si existiera un contrato en el que me asegurasen de que no volveré a ser un imán para los accidentes, sin leer la letra pequeña, con los ojos cerrados lo firmaría. 

Estaba limpiando la cajuela del auto mientras mi cachorro correteaba a mi alrededor. Al día siguiente tocaba llevarlo a la agencia, a ese trámite que corresponde al cumplir seis meses o llegar a los 10,000 kilómetros. 

Dejé la cruceta junto a la puerta cuando el pequeñajo llegó con su juguete favorito y me lo ofreció para que se lo lanzara. 

Y claro... me olvidé de todo. 

La cajuela.
La agencia. 
La cruceta. 

Todo dejó de existir durante unos minutos. 

Solo existíamos él, su juguete y yo. 

Hasta que mi pie fue a estrellarse contra la cruceta. 

Maldije bajito mientras me retorcía de dolor, esperando que aquello fuera, como tantas otras veces, solo otro accidente absurdo que añadir a la colección. 

No. 

No fue simplemente un accidente, fue esa sensación de que el universo tiene una puntería especialmente afinada conmigo.

Fractura conminuta. 

Joo.

24 agosto 2026

La delgada línea entre la cura y la tortura


— Te va a doler
— No pasa nada
— Ma, no intentes parecer dura
— No lo hago
— ¿Qué prefieres? ¿Alcohol, agua oxigenada, merthiolate? Decide tú, que yo no sé cuál duele menos
— Da igual, niña, aplica el que quieras. O deja, lo hago yo
— Ma; yo te cuido, tranquila, solo déjame preguntarle a la IA
— Como desees

Me lanzó una mirada profunda e interrogante.

— ¡A la bestia! ¿Sabías que, hasta el '98, el merthiolate traía mercurio? Eso debió doler muchísimo

—Y sí… 

Bastó una pregunta de mi hija para que, de pronto, el presente se mezclara con el pasado. 

Recuerdo cuando de pequeña -y por machetona, según decía mi madre- llegaba a casa con las rodillas o los codos raspados. Me resistía a entrar, pero el sentido común terminaba por empujarme hasta la puerta. 

— Ma, me caí 
— Déjame ver

No decía nada, se daba la media vuelta y desaparecía. Yo sabía lo que vendría. Al poco rato regresaba con una toalla y me hacía una señal para que la siguiera. Las piernas me temblaban, el corazón se me subía hasta la garganta. Sabía que era necesario, pero eso no hacía que doliera menos. 

Pasábamos al patio. 

Agua. 
Jabón. 
Y a tallar

Con una intensidad que parecía más propia de quien intenta quitarle el cochambre a un trapo viejo que de quien está limpiando las heridas de una niña. 

Como si en mis rodillas raspadas estuviera adherida la mugre de todos mis antepasados y ella tuviera que arrancarla de una vez y para siempre. 

Yo no gritaba. 
Lloraba calladita. 

Y mi llanto tenía su propio llanto, uno pequeñito que se le emparejaba mientras mi madre seguía tallando. 

Después venía él. 

El temido merthiolate. 

No alcohol. 
No agua oxigenada. 
Merthiolate. 

Bastaba verlo aparecer para que el dolor de la caída pareciera un simple trámite. Ardía como el mismo infierno. 

Yo miraba a mi madre con ojos de súplica.

— Ma, sopla… sopla. 
— No exageres. 

Y yo le creía. 

Por su manera de decirlo, estaba convencida que mi madre tenía superpoderes. Que aquello no podía dolerle a ella. Que el merthiolate era una cosa terrible para las niñas, pero perfectamente soportable para las madres. 

Hasta que le llegó su turno... 

Yo estaba allí; y la vi...

Quizá por eso ahora me hace gracia escuchar a mi hija decirme que no intente parecer dura. Ella todavía no sabe que algunas cosas se heredan sin proponérnoslo: las miradas llorosas, a la vez que resistentes, las palabras, los gestos, ciertas maneras de restarle importancia al dolor. Mi madre ya no está para decirme "no exageres". Pero a veces aparece, sin avisar, en una pregunta de mi hija. 

Y por un instante vuelvo a ser aquella niña de ojos llorosos y rodillas raspadas, esperando que alguien sople. Solo que ahora soy yo quien responde: 

— No pasa nada. 

Y mi hija, que no parece dispuesta a creerme, insiste: 

— Ma, no intentes parecer dura, tus ojos te delatan. 



P.D. El famoso “Merthiolate morado” y otros antisépticos de aquella época se ganaron su fama por el ardor brutal que provocaban al tocar una herida abierta. Las antiguas fórmulas contenían alcohol y otros componentes irritantes que estimulaban intensamente los receptores del dolor, produciendo una sensación de quemazón que parecía mucho peor que el raspón mismo. A eso se sumaba el tiomersal, [mercurio], utilizado como antiséptico y posteriormente restringido o reformulado en muchos lugares. De ahí nació uno de los grandes terrores de la infancia: ver el frasquito, llorar antes de que tocara la herida y pedir aquello de “¡sopla, sopla!”.