11 septiembre 2026

La primera vez... otra vez



Mi nuevo lugar favorito es la nevería cerca de casa.

A distintas horas y en distintos días, salgo, camino un par de metros hasta una plaza comercial, llego y, generalmente, me siento en el mismo lugar, cerca de la caja.

Ahí ocurre toda la magia.

Una noche cualquiera apareció una pareja joven. La cajera los atendió de inmediato, les explicó el menú y les ofreció alguna degustación.

— No, gracias. Ya sabemos lo que vamos a pedir

Su acompañante la miró sorprendido.

— ¿Lo sabemos?

— Obvio sí. ¿A qué crees que se viene a una nevería?

— Pues sí, tienes razón

Ella volvió a mirar a la cajera.

— Me van a ver mucho por aquí, vivo a la vuelta. Y, señorita, queremos el jumbo

— ¿El litro? -preguntó él-

— No es litro, es jumbo, -explicó la cajera-

— Sí, Manu, es jumbo. Ahí lo dice

— Sí, sí, jumbo. Pero ¿no te parece mucho?
— Pues no. Es para compartir. Pero yo lo escojo porque tú tienes gustos muy extraños

El acompañante asintió con un movimiento de cabeza.

— Queremos el natural y le agrega dos combos de toppings. ¿Cómo sería?

— Se recomienda que los toppings vayan aparte porque, al ponerlos dentro, es menor la cantidad de helado que recibe

— Sí, póngalos aparte, por favor -dijo él-

— No, mejor dentro

— Oye, pero cabe menos helado

La chica se quedó pensando.

— Tienes razón, pero sí, póngalos dentro. Y queremos otro jumbo, pero que sea de taro. Este lo queremos muy monchoso

— ¿Otro? ¿Para qué queremos dos litros?
— Que no son litros, son jumbo. Y es para compartir
— Pero es demasiado, ¿no?
— Es para compartir. Lo vamos a compartir
— Es que no lo puedes guardar porque se hace duro
— No, nuestro helado está hecho con yogurt griego, no lleva agua ni leche, -bueno, solo la leche con la que se prepara el yogurt griego- y no se hace duro. Perfectamente lo pueden almacenar sin problema -explicó la cajera-
— Ah, bueno. Entonces sí

El acompañante hizo el intento de escoger los toppings, pero ella lo interrumpió:

— Mejor los escojo yo, que tú no sabes

Se fue al área de sin culpa y comenzó a agregar sus seis toppings de infarto.

En ese momento volteé a ver mi vaso: chico, natural y con frutos rojos.

— Y nos pone uno grande, por favor
— ¿Otro?
— Para el camino
— Pero traemos dos jumbo
— Pues sí, pero no son para el camino
— ¿Por qué no?

Ella lo miró como si acabara de hacer una pregunta absurda.

— Porque no somos unos salvajes. Además, estaremos toda la noche viendo películas y series
— Sí, tienes razón. Discúlpame

La cajera, ya aguantándose la risa, terminó de preparar los jumbo; y se dispuso con el vaso grande.

— Confía en mí. -luego se dirigió a la cajera-. Lo queremos de taro, muy monchoso y con dos cucharas, por favor, que es para compartir

La cajera sostenía el semblante, aunque era evidente que se estaba divirtiendo.

Yo simulaba estar viendo un video en el teléfono, también para disimular.

Los demás, haciendo esfuerzos heroicos por no reírse, mirábamos de reojo la cara de preocupación del acompañante cuando finalmente le entregaron todo.

— ¿Segura que no es mucho? Mira que acabamos de hacer una rutina muy pesada en el gym

La chica ni siquiera lo miró.

— Paga

Un ruidito general recorrió la nevería.

Todos contuvimos la risa.

Esto se sucede unas cuatro veces por semana; y cada vez, es la primera vez, porque:

El acompañante cambia.

La historia, no.


05 septiembre 2026

Cosas de mi ex



— Gracias por venir
— ¿Qué necesitas?
— Quería verte, mi güerita

Mi cuerpo se fue hacia atrás antes de que pudiera evitarlo. Qué extraño que una palabra que alguna vez me hizo sentir querida; y a la vez, temerosa, pudiera provocarme ahora esa necesidad de poner distancia.

— ¿Pasa algo?
— Estoy cansado. Muy cansado de vivir
— Necesitas vacaciones

Me miró.

— ¿Con quién?
— Solo. Con amigos, con tu hermano, con alguna de tus mujeres... con quien quieras

Pero no sonrió. Su rostro cambió y entonces supe que el ambiente se pondría aún más tenso.

— ¿Me odias?
— No, no te odio. Pero ¿a qué viene eso?
— Quiero saber. Dime la verdad

Hablar con él, involuntariamente, me lleva al pasado, a esa necedad suya de saber todo, de cuestionar todo, de no creer nada; y aun así, insistir en saberlo todo.

El saber te da poder, decía.

Y sí, era su forma de manipularme, de hacerme sentir mal, de tener que disculparme, no por lo que yo hubiese hecho, sino por sus dudas infundadas, por su malestar que, según él; yo provocaba, por esa necesidad tan suya de anularme, de desaparecerme. Y casi lo consigue.

Hice el intento por levantarme y salir, alejarme de ese hombre que, aun después de tanto, sigue causándome desasosiego.

Me sujetó de la muñeca y me lanzó la pregunta así, al desnudo.

— ¿Tú me inyectas?

Sentí un rechazo inmediato. No solo por lo que acababa de decir, también por la cercanía. Por tenerlo otra vez frente a mí, intentando entrar en un lugar de mi vida que ya no le correspondía.

— ¿Qué?
— Quiero que tú lo hagas

No supe qué pensar.

— Ve al hospital, como has hecho siempre.
— No confío.
— Pues busca a alguien en quien sí confíes.
— Confío en ti.
— No te creo
— Prométemelo. Promete que no te vas a echar para atrás cuando llegue el momento.

Lo miré.

— ¿De qué estás hablando? ¿Qué esperas de mí?
— Me están consiguiendo algo para que me inyectes. Quiero que seas tú

Y entonces agregó:

— Además, hay dinero. Inversiones. Propiedades

Lo observé unos segundos. No sé qué esperaba encontrar en mi cara.

— No, gracias. No todas las personas se mueven por interés

Se quedó callado.

Yo también.

— Ya no quiero vivir. Estoy cansado.
— ¿Inyectarte qué?, ¿hierro?, ¿vitaminas?

Me miró.

Y entendí.

Y ahí, por un instante, todo lo demás dejó de importar.

Cuando pienso que de él ya nada puede sorprenderme, viene y me demuestra que sí, que aún puede; y que me sigue creyendo tan ingenua como para no darme cuenta del trasfondo.

Quería que fuera yo. Que lo ayudara a irse tranquilo, dejándome a mí con la culpa de haberlo hecho.

Porque podía desconfiar de sus intenciones. Podía recordar cada una de las veces que me había hecho daño. Podía incluso pensar que aquello era otra manera de manipularme.

Pero si de verdad quería morir, tampoco podía levantarme y pasarle por encima.

— No voy a ayudarte a morir -le dije-, pero tampoco voy a ignorarlo
— No quiero que llames a nadie
— Yo sí

Sacó una expresión que conocía demasiado bien.

— No.

No respondí, tomé mi teléfono.

No sabía si estaba ante un hombre que realmente quería morir o ante alguien que había encontrado otra manera de ponerme a prueba. Pero ya no me correspondía averiguarlo sola.

Llamé a su hermano y le conté lo que acababa de decirme.

Me sujetó de la muñeca, ahora con más fuerza.

— ¿Desde cuándo tienes el número de mi hermano?, ¿te ves con él?, ¿me estuviste engañando todo el tiempo?, ¡responde! Tú tienes la culpa de que me porte así contigo

Golpeó la mesa con la mano. Su expresión era una que conocía demasiado bien, solo que ahora la veía desde la distancia.

Me quedé allí hasta saber que no estaría solo.

Después me fui.

No me llevé sus promesas, ni su dinero, ni sus propiedades.

Tampoco me llevé su muerte.

Por primera vez, dejé algo que era suyo exactamente donde debía estar: en sus propias manos.


29 agosto 2026

La letra pequeña




Si existiera un contrato en el que me asegurasen de que no volveré a ser un imán para los accidentes, sin leer la letra pequeña, con los ojos cerrados lo firmaría. 

Estaba limpiando la cajuela del auto mientras mi cachorro correteaba a mi alrededor. Al día siguiente tocaba llevarlo a la agencia, a ese trámite que corresponde al cumplir seis meses o llegar a los 10,000 kilómetros. 

Dejé la cruceta junto a la puerta cuando el pequeñajo llegó con su juguete favorito y me lo ofreció para que se lo lanzara. 

Y claro... me olvidé de todo. 

La cajuela.
La agencia. 
La cruceta. 

Todo dejó de existir durante unos minutos. 

Solo existíamos él, su juguete y yo. 

Hasta que mi pie fue a estrellarse contra la cruceta. 

Maldije bajito mientras me retorcía de dolor, esperando que aquello fuera, como tantas otras veces, solo otro accidente absurdo que añadir a la colección. 

No. 

No fue simplemente un accidente, fue esa sensación de que el universo tiene una puntería especialmente afinada conmigo.

Fractura conminuta. 

Joo.