08 julio 2026

Crónicas de lo cotidiano


Me dio la indicación y tuve que orillarme.

— Madre, ¿a qué viene la velocidad?

— No era tanta, ¿no?

— La suficiente para que mi radar se disparara

— Quizá su radar está desajustado, ¿pudiera ser?

— Podríamos intentarlo, pero tiene que convencerme. Y ¿por qué está manejando desnuda?

— Bueno, desnuda como tal... pues no, o no tanto -lo decía mientras intentaba bajar un poco más el largo de la blusa-

— Semidesnuda, ¿así mejor? ¿Qué ha pasado? Solo la verdad, de lo que me diga depende si mi radar funciona o no

— Recién salgo de... —intenté señalar con el índice, pero él me interrumpió

— Sí, la vi saliendo del hospital, ya venía como alma que lleva el diablo. ¿Su salud está bien?

— Sí, hubo buenas noticias

— A dios gracias. ¿Y por qué la premura?, ¿por qué manejar sin ropa?

— Casi... —señalé

— Casi sin ropa —corrigió

— Le explico: estuve horas en espera. Hubo inconvenientes con el médico, una cirugía de urgencia o algo así; y me tardaron una eternidad

— ¿Pero todo está bien?

— Sí, mejor

Se quedó mirándome largamente. Se veía que intentaba encontrar la mejor manera de hacerme la pregunta. Interrumpí sus pensamientos.

— Es incómodo explicarlo

— No tiene que ahondar en detalles; solo lo mínimo para que yo entienda. No parece una mujer de oficio y quiero ayudarla

— Estuve atorada toda la mañana en el hospital, antes de retirarme tenía que lavarme las manos. Fui al baño, me acerqué al lavabo y me distraje respondiendo un mensaje. No me di cuenta que escurría agua hasta que ya era demasiado tarde. El palazzo absorbió el agua; y la humedad del piso fue subiendo; y la del lavabo bajando, a cada paso iba dejando charquitos de agua; y el resto es historia

— Ándele, vaya; y no se detenga hasta llegar a su casa. Hay mucho trastornado suelto

Sonreí. Había ternura en su mirada.

— Agradézcale a su madre. Ha criado a un buen hijo

— ¡Cuídese, madre! —dijo, haciendo una reverencia 

Aspiré profundo...

Le di las gracias y seguí mi camino, con la dignidad intacta gracias a que un desconocido decidió ser amable antes que desconfiado.





C. P. En el norte de México, llamar "madre" a una mujer desconocida es una forma coloquial y respetuosa de dirigirse a ella. El término refleja el reconocimiento cultural hacia la figura materna o matriarca y suele emplearse como equivalente de "señora".

02 julio 2026

Dos años



Eso fue lo que tardé en reunir el valor para comprar un boleto de avión y atreverme a viajar sola. Dos años para salir del lugar más oscuro en el que había estado. Después de un divorcio no solo se rompe un matrimonio; también se resquebrajan la seguridad, la confianza, la voluntad, el amor propio; y muchas veces, la voz con la que una mujer dice lo que quiere. 

Durante mucho tiempo viví creyendo que mis sueños podían esperar, que mis deseos siempre debían ir detrás de los de alguien más. Poco a poco comprendí que nadie podía ocupar el primer lugar en mi vida si yo seguía dejándome al último. 

Entonces llegó el día. 

Subí sola a un avión por primera vez. Solo llevaba una maleta pequeña, lo indispensable. Sin darme cuenta, también llevaba miedo, dudas y un corazón que todavía aprendía a confiar. 

La escala fue en la Ciudad de México. Había escuchado tantas historias que esperaba encontrar una ciudad hostil. Descubrí que, muchas veces, los miedos son más grandes en nuestra imaginación que en la realidad. 

Horas después llegué al mar. 

Entré al hotel con esa mezcla de emoción y nervios que solo se siente cuando nadie más es responsable de ti. Cada paso lo daba con cautela. Observaba los rostros, vigilaba mi alrededor, como si el mundo pudiera confirmar todas mis inseguridades. 

Los primeros días casi no salí de la habitación. Pedía servicio al cuarto y contemplaba el océano desde el balcón. Miraba la vida pasar, mientras intentaba convencerme de que yo también seguía siendo parte de ella. 

Hasta que algo cambió. 

El tercer día bajé sin un plan. Caminé entre los restaurantes, respiré el aire salado y dejé que mis pies descalzos tocaran la arena. Fue un instante tan simple que todavía lo recuerdo con claridad. Sentí que el mar no solo acariciaba mis pies; también limpiaba el miedo que había cargado durante tanto tiempo. 

Regresé a la habitación para ducharme. Pensé en pedir algo de beber. 

Entonces apareció esa vieja voz que tantas veces había dirigido mi vida. 

— Es muy temprano. Compórtate. 

Sonreí. 

Por primera vez decidí no obedecerla. 

Bajé al bar; y mientras caminaba, descubrí que había olvidado ponerme las sandalias. 

— ¡Regrésate! -insistió la misma voz-. 

Pero seguí caminando. 

¿Qué era lo peor que podía pasar?, en ese momento una empleada se acercó. 

— Todavía alcanza el recorrido, se lo recomiendo muchísimo. 

— ¿El recorrido? ¿A qué hora sale? 

— Ahora mismo. 

Le hizo una seña al conductor y me dijo: 

— Disfrútelo. 

Solo entonces miré mis pies descalzos, la guía también lo notó. 

— No se preocupe, no tendrán que bajar del autobús. 

Una hora después regresé fascinada. Había visto paisajes hermosos, había reído; y sobre todo, había descubierto algo inesperado. 

Miré otra vez mis pies, estaban sucios de arena. 

Pero también estaban firmes. 

Comprendí que había subido a un autobús sin planearlo, que había tomado una decisión impulsiva, que había disfrutado el momento sin pedir permiso ni esperar la opinión de nadie. 

Y entendí algo que jamás habría descubierto de haber viajado acompañada. 

La libertad también se aprende. 

Ser soltera no significaba estar sola. Significaba escucharme por primera vez. Significaba descubrir que podía equivocarme, improvisar, olvidar las sandalias, cambiar de opinión o aceptar una invitación de último momento sin darle explicaciones a nadie. 

Volví a mi habitación, me duché y seguí disfrutando de aquellas vacaciones. 

Cuando el avión aterrizó de regreso en casa, ya no era la misma mujer que había despegado días antes. 

Mientras cargaba mi maleta; ya estaba pensando en mi siguiente viaje. 

Porque aquel viaje nunca fue a la playa. 

Fue el camino de regreso hacia mí, una mujer que poco a poco recupera su voz.



28 junio 2026

El lugar de tu ausencia

Robert McGinnis

Fuiste tú quien regresó esa noche, lo sentí en la forma en la que el viento empujó las cortinas y dejó fluir un halo de luz sobre los mullidos muebles. 

La casa entera parecía recordar algo que, por mucho tiempo intenté olvidar. Caminé descalza por los pasillos, como quien atraviesa un pasado que aún conserva el olor de otro cuerpo. 

Entonces entendí que la ausencia también sabe habitar lugares. Se sienta en las sillas vacías, respira detrás de la nuca y pronuncia tu nombre con una voz tan suave que duele. 

Me acerqué a la ventana, afuera, la noche caía lentamente sobre los árboles, adentro, mi memoria seguía intacta; y entre ambas, suspendido como una bombilla solitaria, permanecía tu recuerdo... un recuerdo imposible de tocar, imposible de apagar. 

No te llamé, o quizás lo hice inconscientemente. Dejé que la oscuridad terminara de llenar la habitación y me quedé allí, inmóvil.

Entonces comprendí que el amor no desaparece, fluye, cambia de forma y se convierte en silencio, en nostalgia, en una luz tenue que permanece encendida incluso cuando la última puerta ya se ha cerrado.

Gracias Ginebra





Relato perteneciente a la propuesta de Ginebra, en su blog, Serendipia ༄Variétés