26 octubre 2026

Donde la memoria nos reúne




Tiempo de reflexión, de celebrar el ritual que reúne a los vivos con los que han fallecido. Tiempo trascendental, en el cual, las almas de los muertos tienen permiso para regresar al mundo de los vivos, en una celebración que reafirma el tiempo sagrado, el religioso, el de la nostalgia.

Cuando el aroma del copal se confunde con el de las flores de cempasúchil, las veladoras iluminan los rostros conocidos en antiguas fotografías; y las ofrendas recuperan los sabores de otros tiempos, nuestros difuntos regresan.

No porque hayan vencido las distancias de la eternidad, simplemente, porque nunca han dejado de habitar ese espacio donde la memoria los resguarda del olvido.

Vuelven en un altar preparado con esmero, donde sus platillos y bebidas preferidos aguardan con paciencia, despertando algún recuerdo en los que esperamos con ilusión, una anécdota, un nombre que persiste en la memoria, en un rostro desdibujado por el tiempo, en una voz que se ha perdido. 

Vuelven, en esos pequeños detalles que, sin proponérnoslo, nos devuelven fragmentos de una vida compartida. 

Esta noche, mientras contemplo las pequeñas llamas que se estremecen sobre el altar, quisiera volver a escuchar tu voz. 

Ya no espero que el silencio me responda. Simplemente, me entristece descubrir que el tiempo ha ido borrando su sonido

Sé que alguna vez la escuché; y sin embargo, hoy no consigo reconstruirla.

En cambio, recuerdo tus ojos.

Aquella mirada color miel, tan clara que parecía amarilla, permanece suspendida en algún lugar de mi memoria. 

Desconcierta recordar una mirada; y olvidar tu voz, permanecen ciertos gestos mientras otros desaparecen. 

Y nos resistimos.

Esta noche... la memoria colectiva se intensifica, buscamos reconstruir conversaciones frente a las fotografías, recordar aromas, preservar lo que queda de ellos, como si pudiéramos detener, por un instante, el avance silencioso del olvido.

Y sin embargo, no todo permanece. 

Hay voces que, poco a poco se apagan en nuestra memoria, rostros cuyos rasgos se confunden; y momentos que apenas conseguimos reconstruir.

Tiempo de reconciliación.

Reunidos frente al altar con los que ya no están; y alrededor de lo que fuimos cuando formaban parte de nuestra existencia.

Porque el pasado y el presente convergen en un mismo espacio-tiempo, los recuerdos continúan tendiendo lazos entre quienes permanecemos y quienes ya se han ido.

Allí, donde el tiempo y la ausencia se detienen para volverse abrazo.

Esta semana nos conduce, Nuria, dentro de una atmósfera íntima y profunda.

<<Dejen que el ritmo de la nostalgia y el tic, tac, del reloj guíe sus letras y nos muestre qué se esconde en esa espera o en ese recuerdo>>.

El tema, [como siempre en estás fechas] ya lo tenía preparado para su publicación el día 27 del mes en curso, cuando da inicio la tradición de Día de Muertos con Xolo, el perrito que se honra en los altares tradicionales como símbolo de protección, lealtad y guía espiritual para las almas que regresan de visita; y va de la mano con la dinámica.

Calaverita literaria 


Gracias, Dulce




16 octubre 2026

La geometría de lo ajeno



Llegué a la sala de espera a las 13:45 horas. Varias personas permanecían sentadas alrededor del área de control.

— Señorita, tengo cita con el cardiólogo a las 14:00 horas.

Revisó las distintas agendas, seleccionó una y deslizó el dedo por la lista.

— Tome asiento, por favor. En un momento la llamo para tomar sus signos.

Sonreí y fui a sentarme cerca de la puerta. Dejé un asiento vacío y me acomodé en el de la orilla. Un hombre, sentado al otro lado del asiento vacío, me sonrió. Le devolví una leve sonrisa de cortesía y volví mi atención a un mensaje que me tenía inquieta.

—¿Con cuál médico vienes? —preguntó, sonriendo nuevamente.

Levanté la vista con pereza. Indecisa sobre qué responder, me limité a decirle que siempre olvidaba el nombre del médico y volví a perderme en aquel mensaje, intentaba descifrar la analítica.

Llamó mi atención una mujer que, al parecer, se dirigía hacia mí. Me fijé en su atuendo, sin ser crítica... Quizás lo fui.

Bajé la mirada al móvil y empecé a pensar, con su imagen todavía en la mente.

Llevaba un vestido rígido, de línea recta, por encima de la rodilla, escote cuadrado y muy pronunciado, vintage, estilo wiggle o lápiz.

Se dejó caer de golpe en el asiento vacío. Yo seguía con la vista en el celular, pero alcancé a verla sentarse. El vestido se le subió hasta media pierna, quizás más arriba. Se acomodó inclinando el cuerpo hacia el hombre y dándome la espalda...

¡La esposa!

Escuché mi nombre. Me acerqué a la estación y comenzaron a tomarme los signos, el peso y a hacer algunas anotaciones. Había quedado frente a la pareja.

¡Qué incomodidad!, pensé. Una tela tan rígida que no te permite moverte libremente, que sube y baja a placer, dejando al descubierto gran parte de las piernas y casi medio busto. Y en una mujer de... ¿sesenta?

Observé mi atuendo: vestido de corte imperio, evasé, largo midi, tela spandex y escote discreto.

No, no me gustaría llegar a los sesenta vistiendo así. Ni antes lo toleré.

Salí de consulta. La mujer se interpuso en mi camino.

— ¿Por qué entraste a consulta?

— ¿Disculpe?

— Yo llegué primero. ¿Por qué entraste a consulta?

— ¿A qué hora es su cita, señora?

— 14:20 horas, - me dijo -

— Entonces ya sigue, va después de mí.

— ¡Yo llegué primero!

— No importa. De cualquier manera, su cita es después de la mía.

La mujer seguía discutiendo, pero yo...

Ya me había ido, sin haberme marchado.

Me di la vuelta, agendé cita para enero y salí pensando...

Insisto, quizás el estrés de esa mujer venía de sus prendas, de los stilettos altos o de la coquetería de su marido...


Este relato participa en la dinámica de Tracy: 
Comentar sin juzgar.
La frase elegida: 
Ya me había ido, sin haberme marchado.
Elizabeth Strout






10 octubre 2026

El rostro que olvidé



— Ma, ¿qué estás pensando?

Esa manía de la niña de querer saberlo todo

— Nada, hija

— ¡Dime!

— Intentaba recordar a tu abuelo

— No lo recuerdo

— Lo sé. Tampoco yo

Pensativa, busqué en mi memoria sus facciones. Me di cuenta que su rostro, poco a poco, con los años, se había ido desdibujando.

¿Cómo era? ¿Y su voz?

No lo recuerdo.

Solo conservo algunos rasgos: ojos miel, de un tono clarísimo, casi amarillos; piel blanca, cabello claro y un lunar verde junto al pómulo.

¿Derecho? ¿Izquierdo?

También lo he olvidado.

Un hombre de arranques y control.

Estallaba abruptamente. Bastaba una palabra fuera de lugar, un arrebato. Y, de inmediato, llegaban la disculpa, la preocupación, una pregunta.

Siempre la misma:

— ¿Estás bien?

¿Por qué no conservo fotografías de él?

Días después.

Me encontré, sin saber muy bien cómo, dentro de un grupo de WhatsApp.

—Infórmame, Hilda, ¿cómo está Yolita -preguntó mi hermana mayor-

— Mal, se deteriora rápido -respondió mi sobrina-

— Hay que terminar de organizarnos para cuidarla

— ¿Qué sucede? ¿De qué trata todo esto?

Silencio.

— Deneggro, tú de 9:00 a 18:00 horas; Hilda, tú de 18:00 a 20:00. Llego y...

La interrumpí, incapaz de contener mi creciente necesidad de saber qué estaba pasando.

— Pregunto nuevamente, ¿qué sucede?

— Yolita está internada -mencionó Norma-

— ¿Cómo está? ¿Desde cuándo?

Nuevamente, el silencio.

Pasé varios días en el hospital, leyendo su mirada, sus silencios.

Una mujer tan activa... y terminar así, postrada, perdida.

— ¿Qué te detiene, madre? ¿Por qué no descansas?

Me miraba con esa eterna interrogante en los ojos.

Acaricié su frente, su mejilla.

Sonrió.

Luego volvió a hundirse en aquel abismo que la envolvía.

Bajé.

Me dirigía hacia la salida. Tenía que atravesar el control de los federales cuando, a través del cristal, vi a un hombre muy alto, de barba rubia, estilo hipster, con un mechón blanco entremezclado.

Su rostro...

Me acerqué, casi con el corazón en la mano.

Lo observé de perfil, de frente, desde el otro lado.

¿Padre?

No.

¿Hermano?

Sí.

Era aquel niño al que cuidé durante sus primeros años.

Me refugié en su pecho.

Tan cálido...

Ojos tristes, miel, casi amarillos. Piel blanca, cabello rubio, rostro suave, cercano.

Volví a abrazarlo.

No quería salir de allí.

Se sentía tan bien.

— Eres idéntico a padre...