— Eres un poco clasista, de hecho
— ¿Por qué lo dices?
— Y racista.
— ¿Eso también?, ¿Alguna otra virtud que reconozcas en mí?
— No, por ahora
Me quedé pensando.
Analizando. Recordando.
¿En qué momento? ¿Por qué? ¿Qué había hecho?
Todo estaba confuso. Busqué en mi memoria algún instante que hubiese podido originar semejante conclusión y no encontré ninguno.
— No, estás equivocada.
— ¿Lo sigues pensando? Ya lo ves; yo tengo razón, por eso tus dudas.
— No tengo dudas. Quiero entenderte. Entender por qué lo dices
— Tienes tus límites muy marcados
— ¿Eso es malo?
— Pues no, pero no te metes en cualquier lado. Eres clasista.
— Como digas.
— Ya lo ves. Eres racista.
— ¿Por qué?
— Por mí. ¿Ves cómo me respondes?
— ¿Por ti?. ¿Dónde ves racismo?
— En ti. Me tiras a loca porque soy carbón.
— No pienso discutir tonterías.
— ¡Carbón, carbón! Oscura. Negra.
— ¿Qué dices?, Me casé con un carbón. Oscuro, negro. Yo ni cuenta.
— Tu ex no es negro, es prietito, color de llanta.
— Lo que sea. Ya fue.
— ¿Hacemos el día del sí?
— No, no confío.
— Me portaré bien, lo prometo.
— Hmm, como quieras.
Al día siguiente, muy temprano:
— Deneggro, acomoda tu patita mala que vamos lejos. Muy lejos. Unas tres horas de camino. El desayuno lo vale.
— Entiendo.
Sonreí y empecé a pensar en las distancias y los posibles lugares.
El único que se me ocurrió fue Escuadrón, aunque sobraría tiempo; no estaba tan lejos.
Conociendo sus gustos, sería el lugar más pintoresco.
Ya sabes: mujeres de campo atendiendo en un espacio abierto, detrás los sembradíos o huertos de donde recolectan, por allá, a lo lejos, el ganado, artesanas del queso, del chicharrón...
Uff.
Esa comida es muy condimentada.
Y pesada.
¡Diantres!
Es el día del sí.
—Estás ausente.
—Cansada. Dormí poco y mal.
Llegamos.
Sí, Escuadrón.
—Hora y media de camino. Nunca tres horas.
—Te engañé poquito.
En lo alto:
Mamá Dora
Mesón de mujeres emprendedoras, cobramos por lo que hacemos, no por lo que fuimos.
—¡No puede ser...!
Puse una mano sobre la frente, como si pudiera detener los pensamientos que se me venían en estampida.
—Shhhh. No digas nada...
Volví a leer
—No, pero imagino cosas...
Nos sentamos.
—¿Qué tiene que no lleve carne, por favor?
—Deneggro, es el día del sí.
—Lo siento, pero no dijiste nada.
Me encogí de hombros.
Al final me quedé con un par de gorditas de morrones.
Y entonces vi los morrones.
Sacaron de un costal una cantidad enorme y, sin lavarlos, los llevaron al cocedor. Después los vaciaron en un cesto grande, de esos que hacen de colador.
Unos cayeron al piso.
La chica, con los guantes de calor puestos, los recogió y los devolvió al resto.
Lo observé.
Luego observé mi plato y las demás mesas.
Observé con especial cuidado.
Todo estaba bien organizado.
Una chica sirviendo.
La señora del café recorriendo mesas.
La recolectora.
Las que preparaban todo.
Mamá Dora en la caja, diciéndoles a cada una:
—Mi niña.
Ellas, a su vez, respondían:
—Mamá Dora.
Era un ambiente bastante extraño.
Los comensales, todos hombres, recogían sus platos y limpiaban la mesa que habían ocupado.
Miré nuevamente el letrero.
Mamá Dora; y observé con detenimiento a, Angie.
— Eres clasista...
— No, solo no me gusta la manipulación que hacen a los alimentos
Angie hizo el intento por hablar.
Negué ligeramente.
—No hace falta
Hice una pausa.
—Me doy cuenta.
P.D. A veces el prejuicio no está en quien observa la caída del fruto, sino en quien necesita inventar la culpa para no mirar el suelo.