Me senté frente a la ventana con la intención de escribir, pero fui yo quien terminó siendo escrita.
Las montañas guardaban silencio.
El cuaderno también.
Entonces comprendí que no extrañaba tu presencia, extrañaba la versión de mí que existía cuando estabas cerca.
Esa mujer que encontraba refugio en una mirada, que no temía mostrarse vulnerable; y que creía que algunas almas llegan para quedarse.
Observé los hilos rojos olvidados junto a la ventana; y detrás de ellos el valle; y pensé que el amor no siempre permanece en la vida de uno, pero sí en la forma en que nos transforma.
Me quedé observando el horizonte hasta que la tarde comenzó a desvanecerse; y allí, entre la inmensidad de las montañas y la quietud de la oscuridad te sentí lejano; y a la vez, profundamente dentro de mí.
Entonces escribí tu nombre.
Despacio.
Cómo quien acaricia un recuerdo sagrado.
Las montañas seguían allí, el valle también.
Y tú...
Lejano como una estrella cuya luz todavía ilumina la noche.
Esta semana nos conduce, Artesanos de la palabra, con una historia basada en tres imágenes.
algunas personas logran sacar lo mejor de lo que somos, asusta un poco, al menos a mi me asusta, porque crea dependencia, las necesitamos cerca, escribimos sus nombres como invocando su presencia...
ResponderEliminarUn mensaje super bonito, al menos yo lo he interpretado así.
ResponderEliminarHay personas que aunque no estén presentes ocupan todo nuestro despacio.
Una visión muy nostálgica a través de esas ventanas, con un hilo conductor..
Un abrazo, feliz semana 😘
Una mujer que no extraña a alguien, sino a la versión de si misma que era con es alguien. Mucho sentido poético y tal vez sea algo que suele pasar.
ResponderEliminarHay personas que hacen diferencia con su presencia, sobre todo con esa clase de presencia.
Le queda muy bien el fondo de la mujer de negro, a este texto.
Muchos besos.
Que entrega escribir su nombre, es una consagración perfecta. Abrazucos
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