Pasadas las nueve, decidimos ir al Tim Hortons cerca de casa. Como ya era noche, pedí té.
A punto de cerrar, salimos al jardín: un área exterior protegida por malla y una sólida reja. Un pequeño refugio donde uno supone que está a salvo de cualquier imprevisto.
Y entonces apareció el gato negro de siempre.
Un cazador empedernido que merodea el jardín intentando atrapar a los pajaritos que bajan a comer.
A veces lo alimento con trocitos de atún; y me pregunto si cree que lo hago porque está convencido de que somos amigos; yo solo quiero que deje a los pajaritos tranquilos.
En la mesa de al lado había una mujer de cabello largo y afro, acompañada de su pareja.
De pronto, el gato abrió la boca y dejó caer un enorme saltamontes.
El insecto aterrizó cerca de mí.
Un grito aterrador brotó de lo profundo de mis entrañas.
La mujer del afro me lanzó una mirada cargada de juicio y murmuró algo a su acompañante.
Podía sentir su desaprobación atravesándome el pecho como una lanza.
Mientras tanto, el gato volvió a capturar al enorme insecto, lo soltó, lo atrapó otra vez y repitió el juego varias veces más.
La mujer seguía observándome como si estuviera protagonizando un escándalo innecesario; y yo seguía alterada.
Hasta que el destino decidió intervenir.
En una de sus maniobras, el gato soltó al saltamontes justo al lado de la mujer.
Por alguna misteriosa alineación cósmica, el insecto dio un salto magistral y desapareció entre la espesura de su cabello afro.
— ¡Sáquenmelo! ¡Sáquenmelo! -gritaba con una desesperación que hacía pensar que no volvería a ver el amanecer-.
Toda aquella malla. Toda aquella reja. Toda aquella sensación de seguridad se volvió inútil ante un solo saltamontes.
Lo confieso...
Sentí una satisfacción inmensa.
Pequeña.
Mezquina.
Deliciosa.
Detrás de la reja, pequeñas historias con Artesanos de la palabra.

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