Si existiera un contrato en el que me asegurasen de que no volveré a ser un imán para los accidentes, sin leer la letra pequeña, con los ojos cerrados lo firmaría.
Estaba limpiando la cajuela del auto mientras mi cachorro correteaba a mi alrededor. Al día siguiente tocaba llevarlo a la agencia, a ese trámite que corresponde al cumplir seis meses o llegar a los 10,000 kilómetros.
Dejé la cruceta junto a la puerta cuando el pequeñajo llegó con su juguete favorito y me lo ofreció para que se lo lanzara.
Y claro... me olvidé de todo.
La cajuela.
La agencia.
La cruceta.
Todo dejó de existir durante unos minutos.
Solo existíamos él, su juguete y yo.
Hasta que mi pie fue a estrellarse contra la cruceta.
Maldije bajito mientras me retorcía de dolor, esperando que aquello fuera, como tantas otras veces, solo otro accidente absurdo que añadir a la colección.
No.
No fue simplemente un accidente, fue esa sensación de que el universo tiene una puntería especialmente afinada conmigo.
Fractura conminuta.
Joo.
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