24 agosto 2026

La delgada línea entre la cura y la tortura


— Te va a doler
— No pasa nada
— Ma, no intentes parecer dura
— No lo hago
— ¿Qué prefieres? ¿Alcohol, agua oxigenada, merthiolate? Decide tú, que yo no sé cuál duele menos
— Da igual, niña, aplica el que quieras. O deja, lo hago yo
— Ma; yo te cuido, tranquila, solo déjame preguntarle a la IA
— Como desees

Me lanzó una mirada profunda e interrogante.

— ¡A la bestia! ¿Sabías que, hasta el '98, el merthiolate traía mercurio? Eso debió doler muchísimo

—Y sí… 

Bastó una pregunta de mi hija para que, de pronto, el presente se mezclara con el pasado. 

Recuerdo cuando de pequeña -y por machetona, según decía mi madre- llegaba a casa con las rodillas o los codos raspados. Me resistía a entrar, pero el sentido común terminaba por empujarme hasta la puerta. 

— Ma, me caí 
— Déjame ver

No decía nada, se daba la media vuelta y desaparecía. Yo sabía lo que vendría. Al poco rato regresaba con una toalla y me hacía una señal para que la siguiera. Las piernas me temblaban, el corazón se me subía hasta la garganta. Sabía que era necesario, pero eso no hacía que doliera menos. 

Pasábamos al patio. 

Agua. 
Jabón. 
Y a tallar

Con una intensidad que parecía más propia de quien intenta quitarle el cochambre a un trapo viejo que de quien está limpiando las heridas de una niña. 

Como si en mis rodillas raspadas estuviera adherida la mugre de todos mis antepasados y ella tuviera que arrancarla de una vez y para siempre. 

Yo no gritaba. 
Lloraba calladita. 

Y mi llanto tenía su propio llanto, uno pequeñito que se le emparejaba mientras mi madre seguía tallando. 

Después venía él. 

El temido merthiolate. 

No alcohol. 
No agua oxigenada. 
Merthiolate. 

Bastaba verlo aparecer para que el dolor de la caída pareciera un simple trámite. Ardía como el mismo infierno. 

Yo miraba a mi madre con ojos de súplica.

— Ma, sopla… sopla. 
— No exageres. 

Y yo le creía. 

Por su manera de decirlo, estaba convencida que mi madre tenía superpoderes. Que aquello no podía dolerle a ella. Que el merthiolate era una cosa terrible para las niñas, pero perfectamente soportable para las madres. 

Hasta que le llegó su turno... 

Yo estaba allí; y la vi...

Quizá por eso ahora me hace gracia escuchar a mi hija decirme que no intente parecer dura. Ella todavía no sabe que algunas cosas se heredan sin proponérnoslo: las miradas llorosas, a la vez que resistentes, las palabras, los gestos, ciertas maneras de restarle importancia al dolor. Mi madre ya no está para decirme "no exageres". Pero a veces aparece, sin avisar, en una pregunta de mi hija. 

Y por un instante vuelvo a ser aquella niña de ojos llorosos y rodillas raspadas, esperando que alguien sople. Solo que ahora soy yo quien responde: 

— No pasa nada. 

Y mi hija, que no parece dispuesta a creerme, insiste: 

— Ma, no intentes parecer dura, tus ojos te delatan. 



P.D. El famoso “Merthiolate morado” y otros antisépticos de aquella época se ganaron su fama por el ardor brutal que provocaban al tocar una herida abierta. Las antiguas fórmulas contenían alcohol y otros componentes irritantes que estimulaban intensamente los receptores del dolor, produciendo una sensación de quemazón que parecía mucho peor que el raspón mismo. A eso se sumaba el tiomersal, [mercurio], utilizado como antiséptico y posteriormente restringido o reformulado en muchos lugares. De ahí nació uno de los grandes terrores de la infancia: ver el frasquito, llorar antes de que tocara la herida y pedir aquello de “¡sopla, sopla!”.


5 comentarios:

  1. ¡vaya experiencia generacional de padres a hijos! yo, por más que trato de hacer memoria no recuerdo que alguien me haya tenido que poner alguna pomada en alguna herida más allá de un poco de alcohol que me la aplicaba yo mismo después de lavarla. no recuerdo tampoco haber tenido alguna herida importante, sino sólo raspones sin importancia.

    muchas gracias por compartir parte de tu infancia aunque sí lamento que haya sido un poco dolorosa. supongo que es una experiencia bastante común en la niñez.

    un abrazo.

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  2. Mercurio y alcohol, la verdad, estamos vivos de milagro :)
    El ciclo de la vida, ¿verdad?, la antorcha que portaron los vivos y que nos pasaron al morir y que sostenmos en alto intentando alumbrar el camino de los que llegarás después... Un día, te das la vuelta y ves que no hay detrás, que ahora tuya es la antorcha y tuya la responsabilidad.

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  3. Bah, quem não passou pela fase do merthiolate? E como ardia e diziam o que ardce,m cura,rs Muito bom te ler!
    beijos, linda semana, chica

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  4. Un relato autobiográfico o que parece serlo.
    Cuanto se ha tenido que soportar en el pasado. Suerte que se haya avanzado en la cuestión química para tratar esas heridas. Y también en la empatía, ponerse en el lugar de la otra persona.
    Besos, Mujer de Negro.

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  5. No conocía ese "medicamento", pero mejor no haberlo conocido :) Aunque es cierto que cuando somos niños todo dolor se agranda, yo prefiero el agua oxígenada y no hay dolor :)

    Besos dulces para ambas y dulce semana, MdN.

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