Hace tiempo dejé de usar reloj de pulsera.
La única forma de saber la hora es cuando la pantalla del móvil se enciende entre mis manos. Si la precisión deja de importarme, entonces miro al cielo.
Su bóveda oscura, sembrada de luces brillantes, se vuelve presencia. Mientras la observo, me adentro lentamente en su profundidad; y todo a mi alrededor deja de latir.
Solo el peso del móvil sostenido por mi mano izquierda me devuelve a la realidad… me recuerda que sigo aquí.
Y dentro de esa negrura, voy recordando tantas historias compartidas con personas sin rostro, pero con un corazón capaz de atravesar la pantalla y hacerme consciente de su existencia.
El duelo también aprende a guardar silencio.
Ya no hay negación. No hay ira. No quedan lágrimas ni tristeza; solo aceptación. No únicamente de mi parte, también de ellos, los que dan sentido a mi mundo.
—Ma, de tu puño y letra, hazme un libro con tus recetas…
Consciente de que el tiempo no se detiene, él, generoso, me responde:
“No llores por el final; sonríe por lo vivido”.
Asentí con una sonrisa apenas perceptible. Cerré los ojos para guardar su voz entre mis recuerdos; y al abrirlos, el horizonte, vestido de un dorado brillante, me anunció el nuevo amanecer.
Sí… estoy en calma.
Mi participación en el tema: Tu ausencia
Lidera, Campirela
