10 octubre 2026

El rostro que olvidé



— Ma, ¿qué estás pensando?

Esa manía de la niña de querer saberlo todo

— Nada, hija

— ¡Dime!

— Intentaba recordar a tu abuelo

— No lo recuerdo

— Lo sé. Tampoco yo

Pensativa, busqué en mi memoria sus facciones. Me di cuenta que su rostro, poco a poco, con los años, se había ido desdibujando.

¿Cómo era? ¿Y su voz?

No lo recuerdo.

Solo conservo algunos rasgos: ojos miel, de un tono clarísimo, casi amarillos; piel blanca, cabello claro y un lunar verde junto al pómulo.

¿Derecho? ¿Izquierdo?

También lo he olvidado.

Un hombre de arranques y control.

Estallaba abruptamente. Bastaba una palabra fuera de lugar, un arrebato. Y, de inmediato, llegaban la disculpa, la preocupación, una pregunta.

Siempre la misma:

— ¿Estás bien?

¿Por qué no conservo fotografías de él?

Días después.

Me encontré, sin saber muy bien cómo, dentro de un grupo de WhatsApp.

—Infórmame, Hilda, ¿cómo está Yolita -preguntó mi hermana mayor-

— Mal, se deteriora rápido -respondió mi sobrina-

— Hay que terminar de organizarnos para cuidarla

— ¿Qué sucede? ¿De qué trata todo esto?

Silencio.

— Deneggro, tú de 9:00 a 18:00 horas; Hilda, tú de 18:00 a 20:00. Llego y...

La interrumpí, incapaz de contener mi creciente necesidad de saber qué estaba pasando.

— Pregunto nuevamente, ¿qué sucede?

— Yolita está internada -mencionó Norma-

— ¿Cómo está? ¿Desde cuándo?

Nuevamente, el silencio.

Pasé varios días en el hospital, leyendo su mirada, sus silencios.

Una mujer tan activa... y terminar así, postrada, perdida.

— ¿Qué te detiene, madre? ¿Por qué no descansas?

Me miraba con esa eterna interrogante en los ojos.

Acaricié su frente, su mejilla.

Sonrió.

Luego volvió a hundirse en aquel abismo que la envolvía.

Bajé.

Me dirigía hacia la salida. Tenía que atravesar el control de los federales cuando, a través del cristal, vi a un hombre muy alto, de barba rubia, estilo hipster, con un mechón blanco entremezclado.

Su rostro...

Me acerqué, casi con el corazón en la mano.

Lo observé de perfil, de frente, desde el otro lado.

¿Padre?

No.

¿Hermano?

Sí.

Era aquel niño al que cuidé durante sus primeros años.

Me refugié en su pecho.

Tan cálido...

Ojos tristes, miel, casi amarillos. Piel blanca, cabello rubio, rostro suave, cercano.

Volví a abrazarlo.

No quería salir de allí.

Se sentía tan bien.

— Eres idéntico a padre...


01 octubre 2026

El día del sí



— Eres un poco clasista, de hecho
— ¿Por qué lo dices?
— Y racista.
— ¿Eso también?, ¿Alguna otra virtud que reconozcas en mí?
— No, por ahora

Me quedé pensando.
Analizando. Recordando.
¿En qué momento? ¿Por qué? ¿Qué había hecho?
Todo estaba confuso. Busqué en mi memoria algún instante que hubiese podido originar semejante conclusión y no encontré ninguno.

— No, estás equivocada.
— ¿Lo sigues pensando? Ya lo ves; yo tengo razón, por eso tus dudas.
— No tengo dudas. Quiero entenderte. Entender por qué lo dices
— Tienes tus límites muy marcados
— ¿Eso es malo?
— Pues no, pero no te metes en cualquier lado. Eres clasista.
— Como digas.
— Ya lo ves. Eres racista.
— ¿Por qué?
— Por mí. ¿Ves cómo me respondes?
— ¿Por ti?. ¿Dónde ves racismo?
— En ti. Me tiras a loca porque soy carbón.
— No pienso discutir tonterías.
— ¡Carbón, carbón! Oscura. Negra.
— ¿Qué dices?, Me casé con un carbón. Oscuro, negro. Yo ni cuenta.
— Tu ex no es negro, es prietito, color de llanta.
— Lo que sea. Ya fue.
— ¿Hacemos el día del sí?
— No, no confío.
— Me portaré bien, lo prometo.
— Hmm, como quieras.
Al día siguiente, muy temprano:
— Deneggro, acomoda tu patita mala que vamos lejos. Muy lejos. Unas tres horas de camino. El desayuno lo vale.
— Entiendo.

Sonreí y empecé a pensar en las distancias y los posibles lugares.
El único que se me ocurrió fue Escuadrón, aunque sobraría tiempo; no estaba tan lejos.
Conociendo sus gustos, sería el lugar más pintoresco.
Ya sabes: mujeres de campo atendiendo en un espacio abierto, detrás los sembradíos o huertos de donde recolectan, por allá, a lo lejos, el ganado, artesanas del queso, del chicharrón...
Uff.
Esa comida es muy condimentada.
Y pesada.
¡Diantres!
Es el día del sí.

—Estás ausente.
—Cansada. Dormí poco y mal.
Llegamos.
Sí, Escuadrón.
—Hora y media de camino. Nunca tres horas.
—Te engañé poquito.

En lo alto:
Mamá Dora
Mesón de mujeres emprendedoras, cobramos por lo que hacemos, no por lo que fuimos.

—¡No puede ser...!

Puse una mano sobre la frente, como si pudiera detener los pensamientos que se me venían en estampida.

—Shhhh. No digas nada...

Volví a leer

—No, pero imagino cosas...

Nos sentamos.

—¿Qué tiene que no lleve carne, por favor?
—Deneggro, es el día del sí.
—Lo siento, pero no dijiste nada.

Me encogí de hombros.
Al final me quedé con un par de gorditas de morrones.
Y entonces vi los morrones.
Sacaron de un costal una cantidad enorme y, sin lavarlos, los llevaron al cocedor. Después los vaciaron en un cesto grande, de esos que hacen de colador.
Unos cayeron al piso.
La chica, con los guantes de calor puestos, los recogió y los devolvió al resto.
Lo observé.
Luego observé mi plato y las demás mesas.
Observé con especial cuidado.
Todo estaba bien organizado.
Una chica sirviendo.
La señora del café recorriendo mesas.
La recolectora.
Las que preparaban todo.

Mamá Dora en la caja, diciéndoles a cada una:
—Mi niña.

Ellas, a su vez, respondían:
—Mamá Dora.

Era un ambiente bastante extraño.
Los comensales, todos hombres, recogían sus platos y limpiaban la mesa que habían ocupado.
Miré nuevamente el letrero.
Mamá Dora; y observé con detenimiento a, Angie.

— Eres clasista...
— No, solo no me gusta la manipulación que hacen a los alimentos 

Angie hizo el intento por hablar.
Negué ligeramente.

—No hace falta

Hice una pausa.

—Me doy cuenta.




P.D. A veces el prejuicio no está en quien observa la caída del fruto, sino en quien necesita inventar la culpa para no mirar el suelo.









21 septiembre 2026

Entre sorbos



En aquella cafetería el café no se preparaba.

Se invocaba.

Café negro.

Potente. Oscuro. Sin azúcar.

Había algo antiguo en la ceremonia. Algo aprendido de manos que ya no estaban, de mañanas remotas en las que el tiempo parecía medirse de otra manera.

El agua comenzaba a caer sobre el café recién molido.

Lentamente.

Una gota.

Otra.

Otra más.

El aroma ascendía primero, profundo y oscuro, extendiéndose por la mesa como un recuerdo.

Nadie hablaba.

El café descendía con paciencia, llenando la taza hasta dejar en ella un pequeño espejo negro.

Entonces, el primer sorbo.

Amargo.

Caliente.

Profundo.

Afuera, la calle seguía su ruido.

Adentro, una hebra de vapor se elevaba de la taza y desaparecía lentamente en la penumbra.

Elegí la mesa junto a la ventana, la misma que suelo ocupar cuando quiero estar sola sin que parezca que quiero estarlo.

Abracé con las manos mi café y me quedé mirando la calle.

En la mesa de enfrente había un hombre.

De cabello entrecano, camisa clara, las manos alrededor de una taza que parecía haber olvidado.

No hacía nada en particular.

Solo miraba.

Tenía una mirada íntima.

Bajé los ojos hacia mi café.

No quería que notara que lo estaba observando.

A mi lado, una muchacha hablaba por teléfono sobre un vestido que había comprado. Detrás de mí, dos hombres discutían de fútbol. Una licuadora comenzó a zumbar detrás de la barra y alguien dejó caer una cuchara.

La vida seguía haciendo sus pequeñas cosas.

Entonces escuché al hombre.

Susurraba, con ese encanto de voz

Una voz grave y profunda, de esas que no necesitan elevarse para hacerse escuchar. Tenía un leve rasgo de ronquera, una aspereza suave entre las palabras, como si cada una hubiese pasado antes por humo y silencio. Y había algo más, un ligero aireado en la voz, casi un susurro escondido dentro de la profundidad, que hacía que escucharla resultara peligrosamente agradable.

No sé si hablaba con alguien.

No había nadie sentado con él, quizás el móvil.

Levanté la mirada.

Él estaba mirando hacia mí.

Sonrió apenas.

Yo hice lo mismo.

Fue un instante.

Nada más.

Salí de la cafetería.

La calle seguía igual.

Los coches pasaban. Alguien hablaba por teléfono. Una mujer se protegía de la lluvia, encogiéndose sobre sí misma, como si pudiera hacerse pequeña bajo el agua.

Todo seguía siendo perfectamente cotidiano.

Seguí caminando bajo la lluvia.

Sin prisa por llegar a casa.



Este relato forma parte de la propuesta, "La Vida" del blog "Serendipia ༄Variétés༄" de GInebra.

También es parte de la dinámica "Jueves de Relatos*, que conduce. Campirela, el tema: