— Ma, ¿qué estás pensando?
Esa manía de la niña de querer saberlo todo
— Nada, hija
— ¡Dime!
— Intentaba recordar a tu abuelo
— No lo recuerdo
— Lo sé. Tampoco yo
Pensativa, busqué en mi memoria sus facciones. Me di cuenta que su rostro, poco a poco, con los años, se había ido desdibujando.
¿Cómo era? ¿Y su voz?
No lo recuerdo.
Solo conservo algunos rasgos: ojos miel, de un tono clarísimo, casi amarillos; piel blanca, cabello claro y un lunar verde junto al pómulo.
¿Derecho? ¿Izquierdo?
También lo he olvidado.
Un hombre de arranques y control.
Estallaba abruptamente. Bastaba una palabra fuera de lugar, un arrebato. Y, de inmediato, llegaban la disculpa, la preocupación, una pregunta.
Siempre la misma:
— ¿Estás bien?
¿Por qué no conservo fotografías de él?
Días después.
Me encontré, sin saber muy bien cómo, dentro de un grupo de WhatsApp.
—Infórmame, Hilda, ¿cómo está Yolita -preguntó mi hermana mayor-
— Mal, se deteriora rápido -respondió mi sobrina-
— Hay que terminar de organizarnos para cuidarla
— ¿Qué sucede? ¿De qué trata todo esto?
Silencio.
— Deneggro, tú de 9:00 a 18:00 horas; Hilda, tú de 18:00 a 20:00. Llego y...
La interrumpí, incapaz de contener mi creciente necesidad de saber qué estaba pasando.
— Pregunto nuevamente, ¿qué sucede?
— Yolita está internada -mencionó Norma-
— ¿Cómo está? ¿Desde cuándo?
Nuevamente, el silencio.
Pasé varios días en el hospital, leyendo su mirada, sus silencios.
Una mujer tan activa... y terminar así, postrada, perdida.
— ¿Qué te detiene, madre? ¿Por qué no descansas?
Me miraba con esa eterna interrogante en los ojos.
Acaricié su frente, su mejilla.
Sonrió.
Luego volvió a hundirse en aquel abismo que la envolvía.
Bajé.
Me dirigía hacia la salida. Tenía que atravesar el control de los federales cuando, a través del cristal, vi a un hombre muy alto, de barba rubia, estilo hipster, con un mechón blanco entremezclado.
Su rostro...
Me acerqué, casi con el corazón en la mano.
Lo observé de perfil, de frente, desde el otro lado.
¿Padre?
No.
¿Hermano?
Sí.
Era aquel niño al que cuidé durante sus primeros años.
Me refugié en su pecho.
Tan cálido...
Ojos tristes, miel, casi amarillos. Piel blanca, cabello rubio, rostro suave, cercano.
Volví a abrazarlo.
No quería salir de allí.
Se sentía tan bien.
— Eres idéntico a padre...

Hay que sacarle urgentemente una foto. Y con la ia, pintarle un lunar verde. Sera una foto intertemporal, del pasado pero sacada ahora. Y un selfie. Y con la ia pegsr a la hija al lado. Familia intergeneracional. Y con la ia, hacer la foto sepia.
ResponderEliminarUnos se van y otros vuelven.
Abrazooo
relaciones de familia, con sus sentimientos y vicisitudes todos estamos involucrados de alguna manera.
ResponderEliminarun abrazo. feliz domingo.
Mujer de Negro, tu relato transmite con una delicadeza conmovedora esa extraña sensación de descubrir que el tiempo no solo borra recuerdos, sino también rostros. A veces creemos que hemos olvidado para siempre a quienes amamos y, sin embargo, la vida nos devuelve un gesto, una mirada o una expresión capaces de abrir de nuevo la puerta de la memoria.
ResponderEliminarMe ha emocionado especialmente ese instante en que el rostro del padre reaparece reflejado en el hermano. Como si la memoria, incapaz de conservar una imagen nítida, hubiera encontrado otro camino para recordarnos que algunas presencias nunca desaparecen del todo. Un texto lleno de sensibilidad, ternura y profunda humanidad.
Un fuerte abrazo.